Las jóvenes generaciones viven en un mundo donde la belleza superficial juega un papel preponderante para conseguir amigos, tener pareja, destacar en actividades laborales, deportivas, sociales, etc.
La publicidad y el mercadeo global nos presentan estereotipos de éxito en personas bonitas, bien proporcionadas, con figuras esculturales, rostros perfectos, donde los signos de envejecimiento no deben aparecer, aunque no hayamos pasado los 30 años.
Cuantos productos y servicios cosmetológicos existen para cada milímetro de nuestro cuerpo, muchas veces ofreciendo bondades y beneficios dudosos que ponen al organismo en riesgo de contraer males mayores. Casos de muerte leemos en los periódicos o vemos en telenoticieros de artistas, deportistas o personajes famosos victimas de cirugías estéticas o tratamientos mal realizados. En consecuencia, la identidad como acto de apropiación simbólica, abandona el dominio territorial para situarse en la dimensión del consumo.
En este marco, los medios de comunicación audiovisual son las nuevas megaestrellas, en matrimonio con la publicidad, el estímulo al consumo, a las marcas, a los emblemas. Pensemos en las horas de TV o internet que consumen los niños y los adolescentes y advertiremos que esta se ha convertido en una principal fuente de experiencias e información para organizar su mundo.
Tradicionalmente, al pensar en adolescentes, los imaginamos de entre 14 y 18 años, más o menos, con una serie de rasgos, que, si no prototípicos, los definirían por agregación de características comunes. Entre ellas: el proceso de construcción de una identidad personal, autónoma; la importancia otorgada al grupo en el que se desenvuelven; el despliegue gradual de una sexualidad madura; el logro de una intelictividad abstracta; la perspectiva omnipresente de los ideales.
Sin embargo, los rasgos tradicionales hoy no alcanzan para nombrarlos en la novedad de una sociedad que se "juveniliza", deificando lo "joven" con un sentido per se, -ya veremos vacuo y falso a la hora de las resoluciones-; y que extiende los límites de la antes llamada fase juvenil, desestructurándola hacia arriba y abajo. Hacia arriba, por efecto de la cada vez mayor exigencia de acreditaciones y certificaciones educativas y, a su lado, por las dificultades de insertarse laboralmente o, al menos, de hacerlo con cierta estabilidad en el mercado de trabajo -del que se entra y se sale inopinadamente-, lo que da lugar a una mayor franja de parados adultos jóvenes. Y hacia abajo, desde que la base nutricional produjo en este siglo un adelanto cronológico verificable en el desarrollo físico de los individuos, hasta lo sociocultural, en las que se presentan tempranamente demandas antes demoradas en el tiempo.
Se puede educar la elegancia?¿Qué significa tener estilo?¿Significa algo la manera de vestir en relación a cómo es la persona?¿Da igual como se vista? Éstas y miles de preguntas más se pueden plantear cuando se trata el tema de la moda y la ropa.
La moda no es ni buena ni mala. A los padres lo que sí les preocupa es que la moda puede hacer esclavos a los adolescentes imponiéndoles exigencias momentáneas y cambiantes que en el fondo son sólo un negocio.
La familia es el ámbito natural para dar criterio a los hijos, para ayudarles a no ser manipulados por modas o tendencias, ya sea en la ropa, en las diversiones o en la manera de pensar. Los padres deben, y pueden, ayudar a los adolescentes a ser dueños de sus decisiones.
Podemos ayudarles a dar más importancia al ser que al tener, a ser críticos con la publicidad, a no tener miedo a decir que no, a saber distinguir lo superfluo de lo necesario, entre las necesidades reales y las creadas por la sociedad de consumo.
La moda es buena cuando se encausa a elevar la autoestima, a proyectar una imagen de limpieza, salud, buen gusto, comodidad y recato.
La moda es perjudicial cuando nos invita a exhibir partes intimas de nuestro cuerpo, cuando nos afanamos por vestir lo más caro o enmarcamos los valores humanos en lo que se viste, se come y se calza.
LA ADICCION A LA BELLEZA
Tanto el sexo femenino y masculino desean por lo regular estar al día en cuanto a tener ropa, calzado o productos que en determinado tiempo están de actualidad, gracias a que son prendas usadas por personas famosas en cualquier actividad social, que definen un estilo de vida, muchas veces falso.
Sí no se tiene una orientación oportuna o la vigilancia de los padres en el desarrollo de sus hijos, estos pueden recurrir a diferentes procedimientos estéticos como aplicación de botox, cirugía de senos, nariz, etc. Que van deformando la fisonomía de las adolecentes.
Incluso niñas de 13 años se han sometido a inyecciones de botox para tratar de encontrar una cura rápida a sus supuestos defectos de belleza o “arreglar” sus looks, todo por la presión social.
Esta droga anti arrugas está siendo usada en una extensa variedad de elementos percibidos como imperfecciones: sonrisas con mucha encía o una mandíbula muy cuadrada.
La tendencia en alza del uso de botox en adolescentes, salió a la luz cuando Charice Pempengco, una joven actriz de 18 años, confesó en televisión haber usado este procedimiento para prepararse para su participación en la serie “Glee”, donde interpretaría a una estudiante de secundaria.
De sobra sabemos que los adolescentes padecen el mal típico de su edad, esto es, no estar a gusto con su cuerpo. La cuestión es que a priori no hay el mayor problema en ello, es decir, que tiene que ser así por naturaleza. En la adolescencia se produce el cambio hacia la edad adulta, experimentándose cambios físicos importantes, a la vez que se termina de formar la personalidad. O lo que es lo mismo, el adolescente vive una serie de cambios para los que aprende a prepararse por sí mismo como parte de su crecimiento y que asimila más o menos tranquilamente con la edad. Si estigmatizáramos el cambio convirtiéndolo en un problema psicológico estaremos dándole mayor entidad de la que realmente tiene a lo que es una simple e infantil (y normalmente distorsionada) comparación entre lo que soy y lo que según parece puedo llegar a ser (según mis modelos), propia de la adolescencia.


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